Cuando Thelma Fernández decidió convertir su pequeña pastelería en la colonia Narvarte, en un centro de acopio para reunir ayuda, creía que al final del día habría unas cuantas cajas apiladas junto al mostrador. La abogada de profesión y chef caraqueña, calculó que llegarían algunos compatriotas suyos a dejar alimentos, medicamentos o artículos de higiene para enviar a las zonas afectadas por los sismos que sacudieron Venezuela.
A más de 3 mil kilómetros de distancia, Thelma necesitaba encontrar la manera de ayudar al país donde nació. Era una reacción casi instintiva; un día antes, el 24 de junio, dos terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 sacudieron el norte de Venezuela y dejaron al menos mil 719 personas fallecidas, más de 5 mil heridas y 15 mil 866 damnificadas, según el último balance oficial de la Asamblea Nacional.
Mientras los equipos de rescate continúan buscando sobrevivientes entre los escombros, integrantes de la comunidad venezolana radicada en México, como Thelma, comenzaron a organizar centros de acopio para enviar ayuda humanitaria.
Una tras otra, las cajas se iban acumulando. Las primeras que llegaron eran de amistades. Después de clientes. Más tarde, también de vecinos que nunca han estado en Venezuela, pero preguntaban qué hacía falta. En cuestión de horas, la ayuda ocupó el pequeño salón donde se sirven cafés y postres; abarrotó los pasillos, desplazó las mesas y terminó por extenderse hasta la calle.
A La pequeña pastelería artesanal de Thelma, de sabores venezolanos, se convirtió, de pronto, en una bodega improvisada en el corazón de la Ciudad de México, donde decenas de personas voluntarias clasifican alimentos, medicamentos, artículos de higiene y herramientas de rescate con un mismo destino hacia el sureste del continente.
“Yo inocentemente, activé mi centro de acopio y dije: ‘bueno, aquí llegarán como unas 20 cajitas, cualquier cosa ayuda’”, recuerda Thelma.
“Pues mira, no; en la primera recolección llegamos a dos toneladas y ahorita tenemos siete toneladas. Fue una cosa impresionante”, afirma. Detrás del café, los pasteles y ahora las cajas con ayuda, también hay una historia de migración. La abogada llegó a México con su esposo, que es periodista, hace una década. Nunca imaginaron que el pequeño local que decidieron abrir terminaría convertido en uno de los principales centros de acopio impulsados por la comunidad venezolana en nuestro país, tras los terremotos.
En los días siguientes, “Thelma’s Cake” se llenó de voluntarios trabajando sin descanso. . El verdadero desafío apareció después.
Mover un cargamento humanitario implica mucho más que llenar cajas. Hacían falta permisos, coordinación entre organizaciones y encontrar la manera de hacer llegar la ayuda a un país, cuya principal puerta de entrada también resultó afectada por el terremoto. A esto, se suma la escasez de vuelos hacia Venezuela y la incertidumbre sobre cuándo podrían salir los primeros envíos.
“No queremos llenarnos y llenarnos de cosas si no las enviamos. Necesitamos que todo lo que tenemos ahorita salga y nos quedemos sin nada para volver a empezar”, dice Thelma.
Las noticias sobre los terremotos también llegaron a Budare Andino, un pequeño restaurante venezolano de la colonia Santa Cruz Atoyac, en la alcaldía Benito Juárez. Entre banderas de distintos países y una réplica de la Copa del Mundo colocada para recibir a los aficionados al futbol, Jesús Duflar intentaba comunicarse con familiares y amigos en Venezuela. Originario de San Cristóbal, en el estado de Táchira, pasó las primeras horas haciendo llamadas para saber quiénes habían logrado ponerse a salvo y quiénes seguían sin responder.
“Afortunadamente nuestros familiares están sanos y salvos, pero sí tenemos muchos amigos y conocidos que estaban en Caracas y en La Guaira. Actualmente están desaparecidos. aA muchos los han encontrado ya sin vida. Es una noticia devastadora”, cuenta Jesús.
A la impotencia de mirar la tragedia a la distancia, le encontró una alternativa casi inmediata: convertir el restaurante en un centro de acopio. Muy pronto comenzaron a llegar venezolanas y venezolanos, comensales habituales y vecinos mexicanos con la intención de sumarse a su esfuerzo.
“Mi local es pequeño, pero yo también quiero colaborar”, dice.
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Antes de recibir las primeras cajas con asistencia, buscaron organizaciones que garantizaran que la ayuda llegaría realmente a Venezuela. Comenzaron a coordinarse con la embajada y con los Topos. Poco después, el restaurante empezó a llenarse de medicamentos, pañales, toallas sanitarias y material de curación.
Para Jesús, la rapidez con la que reaccionó la comunidad refleja la capacidad de los venezolanos para organizarse frente a la adversidad.
“La sociedad venezolana… mi admiración total. Son personas luchadoras, son personas guerreras, son los héroes en este caso” afirma.
No opina lo mismo de la respuesta del gobierno venezolano, que considera insuficiente ante una tragedia de esta magnitud. Al mismo tiempo, reconoce la solidaridad que encontró en México, donde los esfuerzos que comenzaron en pequeños negocios de la comunidad venezolana, pronto encontraron una estructura mucho mayor para organizarse.
“México es un país que ya ha vivido experiencias similares. Sabe perfectamente lo que es pasar por esto y son los primeros que están abiertos a apoyarnos”, asegura.
Una bandera venezolana recibe a quienes llegan al Estadio Olímpico Universitario. A unos metros, desde las primeras horas de la mañana de este lunes, personal de la institución instala una decena de toldos; hasta ellos llegan automóviles que comienzan a entrar, uno a uno, al estacionamiento. Abren las cajuelas y descargan agua embotellada, medicamentos, alimentos no perecederos, artículos de higiene personal y productos de limpieza. Bajo una gran carpa, personas voluntarios reciben las cajas, las clasifican y las acomodan sobre tarimas, siguiendo listas que cambian conforme avanza la emergencia.
La escena se repite sin cesar. Algunas personas llegan con una sola bolsa; otras descienden con la cajuela llena. En cuestión de minutos entregan los donativos y se marchan. Detrás, ya espera otro automóvil. La solidaridad que comenzó en pequeños negocios impulsados por la comunidad venezolana encontró en la Universidad Nacional Autónoma de México una estructura capaz de recibir, organizar y canalizar toneladas de ayuda.
Miguel, responsable del centro de acopio de la UNAM, explica que la universidad mantiene comunicación permanente con organizaciones y rescatistas para conocer cuáles son las necesidades más urgentes y evitar el envío de insumos que ya no resultan prioritarios. La coordinación, dice, busca que cada caja responda a una necesidad real y llegue a las comunidades donde hace más falta.
Entre quienes reciben las donaciones está Richell, una venezolana que llegó hace algunos años a México y hoy trabaja en la UNAM. Tiene siete meses de embarazo y espera que su primer hijo nazca en este país. Mientras acomoda medicamentos y revisa el contenido de las cajas, piensa en los familiares y amigos que permanecen en Venezuela.
“México nos ha abrazado en uno de los momentos más difíciles. Nunca vamos a olvidar esta ayuda”, dice antes de volver a cerrar otra caja.
Alrededor de ella, los voluntarios continúan clasificando donativos sin detenerse. Algunos revisan medicamentos, otros sellan cajas con cinta canela o escriben a mano el contenido que viajará al otro lado del Caribe. Cada paquete representa una pequeña parte de una red que crece todos los días y que ya no pertenece solo a la comunidad venezolana, sino también a cientos de mexicanos que decidieron responder ante la tragedia.
La pequeña construcción quedó reducida a un montón de bloques, varillas retorcidas y polvo. Había comenzado a levantarse gracias al dinero que Richard Jr., el mayor de los hijos de Areli, enviaba desde Estados Unidos desde que emigró en 2023. El proyecto era ampliar la casa familiar poco a poco, conforme alcanzara el dinero. El terremoto terminó con ese esfuerzo en apenas unos segundos.
Ahora, dice Areli, sólo queda volver a empezar.
En un modesto barrio de Maracay, ella y su esposo Richard intentan recuperar poco a poco la normalidad. Desde que sus tres hijos emigraron hacia Estados Unidos, la casa se volvió más silenciosa, pero nunca dejaron de pensar que algún día volverían a reunirse. La ampliación que construían era parte de ese sueño.
Aun así, se considera afortunada. Ella y su esposo sobrevivieron. La casa principal resistió, aunque la ampliación quedó reducida a escombros. Muchos otros venezolanos no corrieron con la misma suerte. Mientras los cortes de energía y las fallas en las comunicaciones dificultan conocer lo que ocurre en otras regiones del país, también ha visto cómo la respuesta comienza a organizarse entre la propia gente.
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“Aquí todos estamos ayudando. Es impresionante ver a los motorizados llevando arepas, sándwiches, agua y refrescos para los rescatistas. Hay personas que llegan en carros y camionetas con papel higiénico, toallas sanitarias, alimentos… Aquí los mismos venezolanos somos los que estamos saliendo adelante. Nosotros mismos nos estamos apoyando.”
Mientras en la Ciudad de México voluntarios clasifican medicamentos, sellan cajas y organizan donativos, en Venezuela son miles las personas que intentan sostenerse unas a otras antes de que llegue la ayuda. La solidaridad viaja en aviones, barcos y camiones, pero también recorre las calles de Maracay y otras ciudades, donde vecinos, motorizados y familias enteras comparten lo poco que tienen con quienes lo perdieron todo.
Areli no conoce a Thelma Fernández. Nunca ha visto la pequeña pastelería de la colonia Narvarte, el restaurante de Jesús Duflar o el centro de acopio instalado frente al Estadio Olímpico Universitario. Tampoco sabe quién reunió los medicamentos, el agua o los alimentos que algún día podrían llegar hasta una comunidad como la suya.
Mientras Areli intenta encontrar la paz en estos días y piensa cómo volverá a reconstruir la ampliación que el terremoto derrumbó en Maracay, en el pequeño negocio de la colonia Narvarte las cajas permanecen listas para emprender el viaje hacia Venezuela.
Para Thelma Fernández, reunir siete toneladas de ayuda fue apenas el comienzo. Lo verdaderamente difícil ha sido entender que una tragedia cambia conforme pasan los días y que la ayuda humanitaria debe cambiar con ella.
Los primeros días están marcados por la búsqueda de sobrevivientes. Hoy la prioridad son picos, palas, cascos, guantes especializados y herramientas para remover escombros. Parte de esos insumos ya viajó con los Topos de Tlatelolco, que se trasladaron a Venezuela para participar en las labores de rescate.
Las otras etapas están por llegar.
“Los topos la llaman la fase del duelo. En ella desafortunadamente ya no hay tanta esperanza de encontrar personas con vida y comienzan a pedir bolsas para cadáveres y otros insumos para recuperar los cuerpos.”
La petición retrata, por sí sola, la dimensión de la tragedia.
Ahora hacen falta medicamentos, alimentos no perecederos, productos de higiene personal y artículos de limpieza para miles de personas que lograron sobrevivir, pero perdieron casi todo. Más adelante, dice Thelma, llegará otra etapa todavía más larga: la reconstrucción.
Por esa razón decidió detener temporalmente la recepción de donativos. No porque hiciera falta menos ayuda, sino porque antes era necesario asegurarse de que las siete toneladas reunidas encontraran el camino para llegar a Venezuela.
“No queremos llenarnos y llenarnos de cosas si no las enviamos. Necesitamos que todo lo que tenemos ahorita salga y nos quedemos sin nada para volver a empezar.”
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Thelma sabe que cuando las primeras cajas abandonen la pastelería la emergencia no habrá terminado. Apenas comenzará otra etapa para miles de familias que tendrán que reconstruir sus casas, recuperar sus comunidades e intentar rehacer una vida marcada por el terremoto.
Aun así, no duda de que Venezuela volverá a levantarse.
“El pueblo venezolano está acostumbrado a levantarse ante las peores tragedias. Nos vamos a levantar de esto, pero con la ayuda de todos.”