Pode ser! El triunfo de Lula en un Brasil dividido

2026-11-08 11:23:16 - MUNDO

Por Valeria Mejía, desde São Paulo

Al frente, en la imagen del proyector, la Avenida Paulista se llena de personas... cientos, miles, ¿millones? de seres vestidos de rojo inundan, por segundo día consecutivo, la vía más emblemática de São Paulo, la mayor ciudad de Brasil y de América.

Vista desde encima una marea roja se pierde "en el horizonte" de la avenida. De cerca, todos (y todas y todes; ricos y pobres; negros, blancos y seres en todos los colores intermedios; católicos, umbandas, candomblés, judíos...; japoneses, chinos, italianos, alemanes, indígenas...) unidos por la alegría. Lloran, ríen, se abrazan, gritan, brincan juntos: Luiz Inácio Lula da Silva será el presidente de Brasil por cuarta vez. Enfatizo: Luiz Inácio Lula da Silva, con ochenta años y 363 días de edad, ha ganado la presidencia del quinto país más grande del mundo, el séptimo más poblado y la décima economía del planeta (según el PIB nominal). Explico: Luiz Inácio Lula da Silva ha vencido en las urnas a Flavio Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro, el expresidente de Brasil condenado a 27 años y tres meses de cárcel tras orquestar un fallido golpe de Estado, que incluía un plan de asesinato, idealmente por envenenamiento, de quien fuera su contrincante y ganador en las urnas presidenciales cuatro años atrás: el mayor líder popular de América Latina, ¡Lula!

"Hasta el hijueputa techo de ese museo es bonito", comentamos en mi casa, al ver en la pantalla las imágenes de un dron que sobrevolaba la multitud de la Paulista, en cuyo corazón está el Museo de arte de São Paulo-MASP.

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En 1946, con 31 años de edad y un marido con una (muy, muy, muy) importante colección de arte, desembarcaba en Brasil Lina Bo Bardi la que, sin haber nacido en estas tierras, encontró en el país su lugar creador en el mundo. Atrás —a un lado, para ser más justos—dejaba a una Italia devastada por la Segunda Guerra, por un Mussolini que, como los Bolsonaro —admiradores del dictador —, gustaba mucho del poder, pero no de dividirlo o usarlo para los menos favorecidos o los "diferentes".

Lina se hizo arquitecta en Europa, cuando no se usaba que las mujeres estudiaran y el mundo se ocupaba más de destruir que de construir ciudades. Trabajó y aprendió de diseñadores que entendían de función y de forma, pero también de historia. Conoció las entrañas de las ciudades, los refugios antiaéreos, y soñó, desde esa oscuridad, con un mundo y una arquitectura que lograran exaltar la vida y las historias humanas. Dirigió una importante revista y se enamoró —y casó— con Pietro Bardi, de riqueza proporcional a su inteligencia: galerista y coleccionista de arte... también de arte popular, el preferido de Lina.

Entre otros proyectos icónicos, ella diseñó la nueva sede del MASP, inaugurada en 1968. Un edificio integrado a la calle, hogar —que no bodega— de obras que, soportadas en pedestales de concreto y vidrio, conversan unas con otras a pesar de su disímil procedencia, estilo, tiempo y formato.

Lina conoció Brasil y lo amó. Adoró su diversidad natural, cultural, sus formas, sus sonidos, el nuevo cine, sus gentes, sus técnicas constructivas manuales, sus mares... en especial el del norte, la misma región que le dio a Lula su acento, su carácter y las cuatro elecciones presidenciales.

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Frente a las estructuras rojas del MASP, un camión-tarima espera por las palabras del recién electo presidente. El vehículo es bien similar a los que vimos, hasta el cansancio y más, durante la más agresiva y cerrada contienda electoral del Brasil desde el regreso de la democracia: la disputa de la segunda vuelta electoral a la que Lula llegó con un 45,16% de los votos, casi dos puntos por debajo de su contrincante, Flavio Bolsonaro, cuyo partido de derecha (el Partido Liberal - PL) le diera una dura batida al Partido de los Trabajadores-PT, en las votaciones del 4 de octubre de 2026, al consolidar la mayor bancada en el Senado, y conseguir la elección al Congreso de cuatro personas de una misma familia: los Bolsonaro. Solo Eduardo, hermano de Flavio (hijo también del primero de tres matrimonios de Jair, defensor de la familia convencional y ortodoxa) no estuvo en la lidia por un cargo estatal. Él, exdiputado federal y prófugo de la justicia brasilera, vive en la MAGA de Trump (bastante disminuida tras las recientes elecciones del Congreso), a donde huyó para no pagar una condena de cuatro años por presionar a la justicia y por el cabildeo para la imposición de sanciones contra su propio país.

Y es que eso de hacer complots, de no saber perder y de huir de la justicia, parece estar en un gen dominante de los Bolsonaro. El 27 de octubre, dos días después de su derrota, un Flavio perdedor y procesado en Brasil por corrupción, malversación y lavado de dinero, salió sin autorización del país (por la Argentina de Milei) y llegó a los Estados Unidos, desde donde, ignorando los 4.392.907 de votos que le sacó Lula de ventaja, se declaró presidente de Brasil en una carta con escudo de los tiempos de la dictadura... que, aunque después borró de su red social, no evitó que fuera el hazmerreír hasta en su propio partido.

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A inicios del siglo XXI un chiste bien popular en este país hablaba de cómo los estadunidenses pensaban que la capital de Brasil era Buenos Aires. La narrativa detrás de la broma era simple y triste: el mundo no conocía Brasil, al menos no a profundidad.

Gregorio Ferrari tiene 33 años, dos nacionalidades, dos carros, dos perros, vive en casa de patio grande, con piscina, y habla con fluidez tres idiomas. Tiene esposa, un hijo de tres años y una enorme vocación por la educación: en lugar de seguir el "camino del éxito empresarial", optó por ser sociólogo, hacer una maestría en políticas públicas y ser profesor. Por estos tiempos enseña en la cárcel.

"Aunque tenía 9 años cuando Lula fue presidente la primera vez, recuerdo que la gente volvió a tener orgullo, él consiguió traer un protagonismo a Sudamérica, al sur global como un todo... Vimos a Brasil crecer en los años 2000 en el escenario global como consecuencia del gobierno Lula. Incluso presidentes tan distintos como Bush y Obama lo respetaban, eso generaba un orgullo gigante, gigante...", cuenta Gregorio, y agrega: "Cuando crecí pasé a ver lo demás. Si no fuera por Lula no tendríamos tantas universidades públicas en el interior, no tendríamos gran parte de la infraestructura...".

En un debate televisado, el candidato Flavio le pidió a su opositor que explicara por qué la mayoría de los presos votaron por él en la primera vuelta presidencial. Lula lo "fusiló": "Yo quiero que el 100% vote por mí, hasta tu padre... Tu padre puede votar por mí", y cerró la intervención diciendo: "(Jair) Bolsonaro, usted conoce a su hijo, usted sabe que soy mejor que él". Aunque impreciso —pues como me explicó Gregorio, que entiende de presos, solo pueden votar los que no tienen condena definitiva, caso lejano al del expresidente Jair Bolsonaro—, sin duda el humor y la rapidez mental del candidato le trajeron muchos votos.

Hay quienes "votaron Lula" para no ver arder una vez más la Amazonía, quienes lo hicieron para salvar la imperfecta —pero existente— democracia brasilera, quienes se identificaron con el hombre que también sabe perder: tres elecciones presidenciales (1989, 1994 y 1998); dos esposas fallecidas, una de ellas con un hijo de ocho meses de Lula en el vientre y cuya causa de muerte, más que la hepatitis, fue la deficiente atención en salud, al menos para los pobres, en los tiempos de la dictadura.

Hay quienes "votaron Lula" por su coraje, porque aun cuando pudo optar por el exilio, permaneció 580 días en prisión, confiando en la justicia brasilera y en que todo saldría bien... y salió: su condena fue anulada, recuperó sus derechos políticos y ganó dos contiendas presidenciales más.

Hay quienes "votaron Lula" por el debate de la Globo, dos días antes de la segunda vuelta. "Das con una mano y quitas con nueve dedos", dijo Flavio en la televisión nacional, refiriéndose a la corrupción en las políticas sociales de Lula, y la réplica no se hizo esperar: "Me llamó nueve dedos... si hay alguien aquí en el público que sabe lo que es el mundo del trabajo soy yo. Si hay alguien que perdió un dedo a los 17 años fui yo, trabajando de noche cuando no debía trabajar. No voy a permitir que el miliciano (refiriéndose a la conexión de los Bolsonaro con grupos parapoliciales en Río de Janeiro) me llame nueve dedos. Él no trabajó en su vida... el primer empleo que tuvo fue un empleo falso dado por su padre..."

... Cierra Gregorio, "Voté Lula porque es el resumen de Brasil con todas sus contradicciones. Porque, con todo, es el mejor camino..."

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Por varias semanas, en las calles y redes o encima de los camión-tarima, en discursos y actitudes, se profundizaba la estética de las campañas y de la consecuente, obvia, división en las urnas.

Del lado "extremo derecho" la efervescencia de los símbolos patrios, del verde, amarillo, azul y las camisetas de futbol. Vimos viralizar imágenes de una rubia deslumbrante, con muchos seguidores en las redes, al lado del candidato, que resultó ser una fabricación con IA (me refiero a ella, claro); vimos a Flavio moviéndose en un baile, un tanto ridículo, al lado de dos jóvenes influencers votados masivamente para los cargos de diputados federal y estatal: un apasionado por las armas y la producción de fake news, y una mujer de 23 años que, aunque salió elegida por su bandera antifeminista, antiderechos, antivoto de la mujer, ejerció su derecho a postularse, competir por un cargo público con las reglas constitucionales, marcar su nombre en la urna digital, usar bluyuines, tatuarse y opinar en todos los canales (de todo) con o sin conocimiento. Poca coherencia rodaba en las redes y la campaña bolsonarista... y eso, los indecisos o abstencionistas, lo cobraron caro.

En el "otro espectro", el de la centroizquierda pragmática (porque, para honrar los números del mercado, el "Brasil del PT" es profundamente capitalista y bien lejano de la Venezuela de Chávez-Maduro o la Cuba de los Castro), en camiones y plataformas digitales comenzaba el viaje de "un renovado Lula", una figura que logró ser reciclada para las nuevas generaciones y actualizada para los idosos —los viejos —, en quienes seguía vivo el dolor del régimen militar.

Brasil acordou —despertó— para la segunda vuelta. Banderas de Lula en las casas, rojo en las calles ¿y en el pecho de las personas?... además de la emoción, calcomanías con la imagen del candidato, o con un mensaje cuya traducción sería "¿está indeciso? ¡Vamos a echar carreta!". Y hablaron y publicaron y caminaron y cantaron y, y, y...

Un movimiento inédito, entregado a la tarea de virar votos en rúas y redes, se consolidaba en Brasil: El Ejército de Lula, un grupo de WhatsApp con más de 10 millones de participantes que seguían con rigor las instrucciones de su creador, André Janones, ayudante de autobús en su juventud y hoy diputado federal por Minas Gerais, un estado que, por su dimensión y diversidad de economías, geografías y territorios, es considerado "la síntesis" de cómo vota Brasil. "El que gana Minas gana la presidencia", dicen y, efectivamente, fue el único estado que mudó de partido ganador y, después de votar Bolsonaro en la primera vuelta, en la segunda viró a rojo-PT el mapa con el resumen de los datos del Tribunal Superior Electoral (TSE).

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Los integrantes del Ejército se despertaban y dormían (poco) con los gritos de alegría de su líder, cumplían los retos digitales, evitaban consumir y crear noticias falsas y jodieron al algoritmo, ganaron a Meta y a la ultraderecha. Hasta "recuperaron", como colectivo, los colores del Brasil como símbolo de un pueblo y no solo de un ala radical de la política. También devolvieron la fe progresista (aunque eso suena aoxímoron)al mundo entero.

En contraposición a un video que viralizó la derecha, donde una chica guapa muestra un sobaco perfectamente rasurado para responder a la pregunta de "por quién votará en las elecciones", vimos emerger a los "gostosos y gostosas con Lula": seres de cuerpos hermosos (sin pelos, en general) que recreaban la vista e invitaban (con argumentos, en general) a votar a la izquierda.

Anitta, la artista brasilera más escuchada en Spotify de todos los tiempos, no dudó en posar con pocas ropas rojas y en hacer la L, con sus manos, en cada aparición pública. Lo propio hizo Ivete Sangalo, la diosa del axé y la cara-cuerpo de las más agresivas y capitalistas campañas de marketing que jamás presencié. Los máximos representantes — vivos— de la Música Popular Brasilera llenaron avenidas enteras en Salvador de Bahía y la emblemática playa de Copacabana... Caetano Veloso, Gilberto Gil, Daniela Mercury, Djavan, BaianaSystem, Marina Sena, Zélia Duncan (y sigue la lista) hicieron lo que saben hacer: cantar, emocionar.

Chico Buarque marchó con los estudiantes en Río... y es que, obligado por años al exilio, con su música censurada por una dictadura que torturó y mató a amigos ¿cómo no moverse en contra de un hombre, Flavio Bolsonaro, que niega la existencia del Golpe militar de 1964 y que se refiere al más famoso torturador del régimen que oprimió al país por 21 años, como "hombre correcto e íntegro que cumplió su papel de defender a la patria"?

El PL, por su parte, sumó celebridades de la industria del "agro-sertanejo" y a deportistas que, como Neymar, no gustaban de Lula por ser del Corinthians (el DIM de acá, prácticamente), por izquierdoso y por su humor... "¿Neymar? Neymar es el primer jugador convocado en 'home office' del mundo", respondió Lula a un niño, en un evento en Belo Horizonte, en pleno Mundial de futbol.

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Son las 8 y 26 de la noche del 25 de octubre de 2026, día de la segunda vuelta presidencial. Afuera de mi casa, en la "privilegiada" zona oeste de São Paulo, escucho cantos de celebración. La Globo lo ha dicho: Lula acaba de empatar a Bolsonaro en el conteo de votos y, de ahí, solo hay ascenso: los datos que faltan por sumar son los del norte de Brasil o de los lugares más apartados... que históricamente son progresistas, votan Lula.

Hay al menos 59.826.041 brasileros que esperaban otro resultado, que Lula perdiera o que Bolsonaro ganara (ni es lo mismo, ni es igual). Hay al menos 64.256.232 brasileros que comienzan a celebrar, que mandan mensajes con llanto de alegría y se organizan una vez más para salir de rojo, o con la camiseta de la selección de futbol de Brasil. Estamos también los que, en todos los países del planeta, sin ser ciudadanos o sin dominar alguna de las 300 lenguas que se hablan en este país, nos sentimos ganadores...

Ganaron las selvas y los mares, ganaron los ríos y los indígenas que los navegaron por horas para poder votar. Ganaron los negros que se saben iguales en derechos. Ganó la decisión de los idosos que no se quedaron en casa, de los jóvenes que creyeron en la libertad, de las mujeres que no se identificaron con la misoginia de la derecha más radical, de religiosos que creyeron en el poder de la conversación. Ganaron, o al menos empataron, los indecisos que al final marcaron Lula, marcaron democracia.

Desde el camión-tarima el presidente electo se dirige a la multitud efervescente de la Paulista y del país entero. Con "la voz cascada", casi ausente, tras las jornadas que precedieron al triunfo, Lula habla del amor, nombra al pueblo, reconoce el trabajo de un equipo, mira a su vicepresidente y le entrega el micrófono, comparte la voz. Aunque más tarde dará un discurso, no hacen falta palabras para entender la magnitud del momento: el líder más importante del siglo en América Latina, a sus casi 81 años, brinca, brinca, brinca sobre un camión. Detrás, el MASP, un edificio "que flota" sobre una estructura imponente y roja, solo posible en Brasil: un país sin sismos y esencialmente optimista. En mi pantalla veo la síntesis de la estética ganadora, la que envejece bien —como Lula y el Museo —, imperfecta, real, emocionante, humana.

En el país donde un "no" es un "pode ser", muchas personas hicieron lo suyo: sumaron y viraron votos y con un ejército sin armas le dieron un giro inesperado a la historia. Todo con alegría, todo colectivo, todo a última hora: un triunfo muy brasilero.

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Ya sabe, si al final preparó papas, adobó la carne y tiene un mousse en la nevera esperando por comensales, puede mantener la esperanza viva... Pode ser que los amigos aparezcan en masa, con música, abrazos, colores, elogios y fiesta.