El 24 de julio, dos terremotos de magnitud superior a 7 sacudieron Venezuela con una diferencia de apenas 39 segundos. Primero se produjo un sismo de magnitud 7,2 y, poco después, otro de 7,5.
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Más que dos terremotos independientes, los registros indican que se trató de un fenómeno poco frecuente denominado doblete sísmico: dos grandes terremotos muy próximos en el tiempo y el espacio. Esta secuencia constituye un excelente ejemplo de cómo pueden interactuar las fallas activas.
En la mayoría de las secuencias sísmicas, un terremoto principal libera gran parte de la energía acumulada durante décadas o siglos en una falla geológica, una fractura en la corteza terrestre a lo largo de la cual se desplazan dos bloques de roca.
Después se producen réplicas de menor magnitud mientras la corteza terrestre alcanza un nuevo equilibrio. Pero en un doblete sísmico ocurre algo diferente: dos terremotos de magnitud similar rompen casi consecutivamente en segmentos distintos de un sistema de fallas.
Las fallas no funcionan necesariamente como estructuras aisladas, sino que forman sistemas capaces de interactuar. Cuando una falla rompe no solo libera energía, sino que también modifica el estado de esfuerzos en las fallas vecinas. Si una de ellas ya estaba próxima a romper, ese cambio de esfuerzos puede ser suficiente para desencadenar un nuevo terremoto.
Este proceso se conoce como transferencia de esfuerzos de Coulomb. Aunque no permite predecir terremotos, sí ayuda a identificar qué fallas o qué zonas han experimentado un aumento de esfuerzos y, por tanto, presentan una mayor probabilidad de ruptura.
El origen de estos terremotos se encuentra en la interacción entre la placa tectónica del Caribe y la placa sudamericana. A diferencia de Chile o Perú, donde predomina la subducción (una placa se introduce bajo la otra), el norte de Venezuela está dominado por un movimiento lateral entre ambas placas. La placa del Caribe se desplaza hacia el este respecto a Sudamérica a unos 20 milímetros por año.
Ese movimiento acumula deformación durante décadas o siglos hasta que la resistencia de las rocas se supera y se produce la ruptura de una falla. La energía liberada se propaga en forma de ondas sísmicas y cuando estas alcanzan la superficie terrestre provocan la sacudida que percibimos como un terremoto.
Los análisis preliminares indican que el terremoto de magnitud 7,5 se originó al sureste de Yumare por el movimiento horizontal de dos bloques de la corteza terrestre que se deslizaron uno junto al otro. Todo apunta a que ocurrió en el sistema de fallas de Boconó, una de las principales fallas geológicas del norte de Venezuela.
Aunque en los mapas los terremotos suelen aparecer como un solo punto, un sismo de esta magnitud puede romper un tramo de la corteza terrestre de aproximadamente 150 kilómetros de largo y 20 kilómetros de ancho. Por eso, sus efectos pueden sentirse a cientos de kilómetros del lugar donde se produjo.
Otro factor clave es la profundidad a la que ocurre el terremoto. Cuando el origen del sismo está cerca de la superficie, las ondas sísmicas pierden menos fuerza antes de llegar al suelo, lo que hace que el movimiento se sienta con mayor intensidad. En este caso, se estima que el terremoto se produjo entre 10 y 20 kilómetros de profundidad, por lo que se considera un sismo superficial.
El norte de Venezuela es una de las regiones con mayor actividad sísmica del norte de Sudamérica. Desde comienzos del siglo XX se han registrado varios terremotos de magnitud igual o superior a 7. Uno de los más destructivos fue el terremoto de Caracas de 1967, de magnitud 6,6, que causó unos 240 fallecidos y el colapso de numerosos edificios.
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Más recientemente, en septiembre de 2025, otro doblete sísmico de magnitudes 6,2 y 6,3 provocó una víctima mortal, más de un centenar de heridos y daños importantes en los estados de Zulia y Lara.
La magnitud y la profundidad de un terremoto son importantes para entender qué tan fuerte puede ser, pero no son los únicos factores que determinan los daños que causa.
Los expertos explican que el riesgo de un terremoto depende de tres elementos: la intensidad del sismo, la cantidad de personas e infraestructuras que hay en la zona afectada y la resistencia de las construcciones.
En el norte de Venezuela existe un alto riesgo de terremotos porque allí se encuentran dos placas tectónicas que están en constante movimiento. Sin embargo, un sismo muy fuerte en una zona poco habitada puede causar menos daños que uno de menor magnitud que ocurra debajo de una ciudad densamente poblada.
También influye la calidad de las edificaciones. En la región hay construcciones modernas que cumplen con normas para resistir terremotos, pero también viviendas antiguas, casas construidas de manera informal y edificaciones de ladrillo o bloques sin refuerzo. Estas últimas son las que tienen mayor probabilidad de sufrir daños graves durante un sismo.
La combinación de un elevado peligro sísmico, una importante exposición y una vulnerabilidad todavía significativa explica el elevado riesgo de esta región.
Tras un doblete sísmico es normal que continúen produciéndose réplicas durante días, semanas o incluso meses, algunas con magnitud superior a 5. Aunque la probabilidad de otro gran terremoto disminuye con el tiempo, no desaparece de forma inmediata.
Las réplicas son especialmente peligrosas porque pueden provocar el colapso de edificios ya dañados. Por ello, resulta prioritario inspeccionar las estructuras afectadas y restringir el acceso a aquellas que hayan perdido capacidad resistente.
La ciencia aún no puede predecir cuándo ocurrirá un terremoto, pero sí identificar las zonas de mayor peligro, evaluar la vulnerabilidad de las construcciones y analizar cómo un gran sismo modifica el estado de esfuerzos en las fallas vecinas.
El doblete de Venezuela recuerda que los terremotos forman parte de un sistema dinámico en el que las fallas interactúan continuamente. No se puede detener el movimiento de las placas tectónicas, ni evitar la ruptura en fallas geológicas, pero sí reducir sus consecuencias mediante una adecuada planificación territorial, normas de construcción sismorresistentes y una gestión del riesgo basada en el conocimiento científico.
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