El eco de una fiesta que nos robó el aire: la noche del Mundial que enlutó a México

2026-07-03 11:03:30 - MUNDO

La noche del 30 de junio de 2026, el Paseo de la Reforma, en el corazón de la Ciudad de México, vibraba con la fuerza de más de 1.4 millones de gargantas. El silbatazo final que selló la victoria de la Selección Mexicana frente a Ecuador desató un carnaval desbordante; una marea humana teñida de verde, blanco y rojo que tomó por completo la avenida y sus alrededores. Lo que en el amplio corredor de Reforma era euforia y cánticos, en las estrechas venas de la colonia Juárez se transformó en una trampa de carne, sudor y asfixia.

Faltaban unos minutos para las 11:00 de la noche. En las calles de Hamburgo, Lancaster, Florencia y Berna, la celebración mutó en ansiedad colectiva. El flujo de miles de personas intentando avanzar en direcciones opuestas formó un nudo ciego. Entonces, en medio de la oscuridad y la desesperación, surgió un grito que pretendía ser una broma viral, una cita de la película Buscando a Nemo: “¡Nadaremos, nadaremos!”

Ese cántico fue la chispa que encendió la tragedia. La multitud, actuando como una bestia de un solo cuerpo, comenzó a empujar de forma implacable, provocando una avalancha humana y un letal efecto dominó, según publicó el diario El País

La sensación de estar allí era puro terror. El aire simplemente se esfumó. El periodista Rodrigo Cerezo, atrapado en aquel cruce de cuatro sentidos, sintió cómo una ola de personas lo comprimía hasta inmovilizarlo. A su alrededor, la gente comenzó a desmayarse por la falta de oxígeno

En medio del caos, Rodrigo cayó sobre unas niñas y una mujer, y luego sintió el peso de otros cuerpos aplastándole las piernas. Convencido de que esa calle sería su tumba, sacó su teléfono y le envió una nota de voz a su padre: “los amo, papá, esto está muy feo, los amo, papá”. Logró salvarse únicamente tras arrastrarse hasta una motocicleta estacionada, según relató a Animal Político

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A unos metros de él, el instinto de supervivencia dictaba escenas surrealistas. Una joven identificada en redes sociales como @ladivadeltuning narró en un video que, tras perder los zapatos en la estampida y ver cómo su sobrino caía al piso, fue rescatada por tres desconocidos que entrelazaron sus brazos para formar un muro humano y evitar que la multitud los pisoteara. 

En su memoria quedó grabada una imagen brutal: abrazarse con todas sus fuerzas a la corteza de un árbol, aferrándose a la vida “como literalmente la película de El Rey León”, rogando que la marea humana pasara sin arrastrarla. Los empujones y el aplastamiento se prolongaron por más de media hora.

Cuando el nudo humano finalmente cedió, el asfalto reveló el costo de la euforia. Cuatro personas perdieron la vida en medio de la fiesta. En la esquina de Hamburgo y Lancaster, los paramédicos encontraron inconscientes a Leonardo Ruiz, un hombre de 44 años, y a una joven de 19 años, identificada en reportes como Iraís Robles o Emily. 

Unas calles más allá, en Berna, una mujer de 48 años también yacía sin sentido. Las tres personas murieron por asfixia mecánica; sus pulmones colapsaron bajo el peso de la multitud. Dos habían viajado desde el Estado de México y una residía en la capital. 

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La cuarta víctima fue un hombre de unos 30 años, inicialmente en calidad de desconocido, cuyo cuerpo no resistió el estrés del momento: sufrió un estatus epiléptico, sangrado digestivo y, finalmente, un paro cardiorrespiratorio en el hospital.

Mientras la tragedia se consumaba, el operativo de las autoridades se veía rebasado por el ímpetu de la multitud. Desde las primeras horas de la tarde, en las calles aledañas al Paseo de la Reforma, como en el corredor gastronómico de Río Lerma, se observaban patrullas de la policía capitalina, agentes antidisturbios, ambulancias estacionadas e incluso, elementos del Cuerpo de Bomberos. Además, operarios capitalinos se afanaban, como en el partido previo contra Chequia, en decomisar latas de cerveza y vaciarlas sobre las coladeras, como parte de la Ley Seca.  

Sin embargo, a pesar de haber desplegado a más de 15 mil policías, cerrado estaciones del Metro y decomisado más de 50 mil latas de cerveza para intentar apaciguar los ánimos, el control de masas fue insuficiente

El secretario de Seguridad Ciudadana, Pablo Vázquez, explicaría después que decidieron no colocar vallas metálicas porque “mantener barreras físicas […] es más riesgoso”, ya que buscaban que la gente fluyera sin crear cuellos de botella. Aun así, los cuerpos de emergencia tuvieron que abrirse paso entre el mar de gente para brindar más de mil 600 atenciones médicas y trasladar a 28 personas a hospitales.

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A la mañana siguiente, la ciudad despertó con una resaca amarga. Mientras la jefa de gobierno, Clara Brugada, ofrecía condolencias y la Fiscalía capitalina iniciaba las investigaciones, el Paseo de la Reforma lucía irreconocible. 

Un manto de latas aplastadas, jardineras destrozadas y un denso olor a orín y heces humanas cubría la ruta del festejo. En medio de la basura, quedó el eco de una noche y madrugada en la que el sueño mundialista le costó el aliento y la vida a cuatro personas que solo querían celebrar.